Argentina y Gran Bretaña están a punto de recordar el 25 aniversario del comienzo de la guerra de las Malvinas. El 2 de abril de 1982, la dictadura militar argentina que en aquél momento encabezaba el general Galtieri, invadió las islas. Una apuesta equivocada y criminal que pretendía dar aire a un gobierno que estaba en dificultades y enfrentaba protestas y movilizaciones sindicales.
El conflicto acabaría con la rendición argentina 74 días después, el 14 de junio. El saldo fue de aproximadamente un millar de muertos, unos 700 argentinos (además 350 veteranos se suicidarían después de la guerra) y 255 británicos. El desastre tuvo al menos la virtud de acabar con la más terrible de las dictaduras que tuvo Argentina.
Veinticinco años después del conflicto y 174 después de la ocupación inglesa, cabe preguntarse cómo puede mantenerse hoy esta situación tan anacrónica y excepcional. Gran Bretaña sigue apoyando incondicionalmente a los 2.900 habitantes de unas islas situadas a 8.000 millas de la metrópolis (18 horas de vuelo, vía la isla de la Ascensión), pero a solo 300 de las costas argentinas.
En 1990 ambos países decidieron reanudar las relaciones diplomáticas y cinco años después firmaron un acuerdo para la exploración y explotación conjunta de los hidrocarburos, manteniendo bajo un "paraguas" el tema fundamental de la soberanía. Un acuerdo que el gobierno de Kirchner acaba de cancelar ante la falta de acuerdo sobre el área sujeta al mismo y la decisión de los kelpers ("los que comen algas") de conceder licencias de pesca y exploración petrolífera de forma unilateral.
Esta nueva política de firmeza argentina contrasta con la de seducción impulsada por Menem y su ministro de Exteriores, Guido di Tella, que llegó a enviar a los malvinenses felicitaciones navideñas y hasta ositos de peluche (Winnie the Pooh), para sorpresa y escarnio de los destinatarios.
Los intereses económicos han sido siempre primordiales para los británicos a la hora de abordar el problema de las Malvinas (Falklands para ellos). Y esto fue así desde el mismo momento en que el capitán John James Onslow llegó a las islas con su corbeta, la Clio, e izó en su suelo la bandra británica. Era el 2 de enero de 1833, cuando Argentina aún se debatía en las guerras civiles posteriores a la Revolución que le dio la independencia. El gaucho Antonio Rivero, que trabajaba como peón en una de sus estancias, se rebelaría y logró que la bandera argentina ondease nuevamente durante 5 meses. Pero una nueva expedición británica recuperaría la plaza para His Majesty, hasta el día de hoy.
Entonces, los intereses económicos estaban ligados a la pesca de ballenas y focas. El intento de Juan Manuel de Rosas, gobernante entonces de Buenos Aires, de exigir impuestos a los barcos pesqueros (fundamentalmente norteamericanos y británicos), está de hecho en el origen de la ocupación de las Malvinas. Hoy los intereses siguen ligados a la pesca y al petróleo, aunque parecen haberse desinflado las perspectivas de encontrar crudo en la zona. Estos años de exploraciones no dieron resultados comerciales a pesar de que empresas multinacionales como Shell o Agip invirtieron más de 150 millones de dólares para perforar la plataforma submarina.
La guerra no alteró la naturaleza jurídica del conflicto. Pero los argentinos deben comprender que hay un importantísimo escollo, sin el cual no se puede comprender la actitud de Londres: los kelpers son descendientes directos de la metrópolis, "son sangre de nuestra sangre", como argumentaba la primera ministra Margaret Thatcher en su momento. No son orientales con ojos rasgados como en Hong Kong y, naturalmente, Argentina no tiene el poderío de China.
La posguerra supuso para los kelpers una nueva época signada por la prosperidad. Antes de la contienda tenían una economía basada en la cría de ovejas y la mayoría de sus habitantes trabajaban para una sola empresa. Ahora tienen una renta per cápita de 44.000 dólares (menos de 5.000 en Argentina) y han diversificado su economía. La pesca les aporta 124 millones de dólares, casi la mitad de su Producto Bruto Interno. Y el turismo es una nueva e importante fuente de ingresos, con 40.000 visitantes cada verano y 30 turoperadores europeos ofreciendo sus servicios. Con su actual status los malvinenses tienen, en definitiva, un futuro brillante que no quieren perder.
El compromiso de la metrópolis se fortaleció con la guerra y hoy el primer ministro, Tony Blair, dice que él habría hecho lo mismo que Thatcher. El gobierno británico sigue ignorando las resoluciones de la ONU que, desde 1965, dictaminó que en las Malvinas hay una situación colonial, instando a las partes a negociar. Pero en Londres insisten en que mientras los isleños lo deseen, seguirán perteneciendo al Imperio Británico.
Para Argentina es una cuestión fundamental de su política exterior. Es también una causa popular. Hasta la Constitución, en una disposición transitoria, habla de la "legítima e imprescriptible soberanía sobre las islas Malvinas, Georgias y Sandwich del Sur", así como de los espacios marítimos e insulares correspondientes. Aunque en el mismo texto se expresa también el compromiso argentino a respetar el modo de vida de sus habitantes, hada parece más lejos que la recuperación de las hermanitas perdidas de las que hablaba Yupanqui, ni siquiera de una soberanía compartida, como se llegó a hablar antes del conflicto.
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