Al cabo de 8 años en el poder, el general Pervez Musharraf se encuentra en su momento más complicado. Está pendiente de que la Corte Suprema decida si se puede presentar a las elecciones y renovar su cargo. Y la oposición, tanto los islamistas como los partidos tradicionales, han tomado la iniciativa y las calles de todo Paquistán.
El general que en 1999 dio un golpe de Estado incruento contra Nawaz Sharif, pretende lograr la reelección sin dejar el uniforme en el armario. Y quiere conseguirlo antes de que las elecciones generales previstas para comienzos del próximo año cambien la composición del parlamento nacional y las cámaras regionales, que se constituyen en colegio electoral y eligen al presidente. Ahora mismo las fuerzas le serían favorables, cosa que no puede asegurar después de las elecciones.
Lo que suceda en Paquistán nos interesa a todos. Es uno de los países musulmanes más grandes, con 190 millones de habitantes. Se encuentra en la frontera con Afganistán y sirve de retaguardia a los talibanes que recobran fuerzas y asedian tanto al gobierno afgano de Karzai como a las fuerzas de la OTAN. En sus madrasas se forman cientos de miles de niños y adolescentes que engrosarán las fuerzas jihadistas. Y se trata de una potencia regional y nuclear que, 60 años después de su independencia, sigue en conflicto abierto con la India.
Hasta los atentados del 11 de septiembre Musharraf apoyó a los talibanes. Desde entonces los ha combatido con mayor o menor convicción y eficacia. Hasta la toma de la Mezquita Roja de Islamabad, por parte de radicales cercanos a al-Qaeda, que sería asaltada el 10 de julio con la muerte de la menos un centenar de personas. Esto le ha valido la declaración de guerra por parte del propio Bin Laden. Pero no fue el único revés de los últimos tiempos. La Corte Suprema revocó la decisión presidencial de remover a Iftikhar Chaudhry, presidente del Tribunal Supremo. Y deportó sin contemplaciones a Nawaz Sharif, el ex primer ministro que él mismo derrocó, después de que la justicia autorizase su regreso del exilio.
Musharraf se presenta como el único que puede contener el islamismo. Y Occidente se encuentra ante un dilema ya conocido: apoyar a un dictador que supuestamente es útil a sus intereses o alentar la recuperación de la democracia. En las elecciones del 2002 los islamistas solo consiguieron el 11 % de los votos, pero todo indica que el respaldo ahora será mucho mayor.
El peor de los escenarios sería que el general-presidente decrete el estado de emergencia, anule las elecciones y se mantenga por la fuerza en el poder. Una alternativa que muchos analistas ven como posible, sobre todo si la Corte Suprema negara a Musharraf el derecho a presentarse como candidato a las elecciones presidenciales.
El general que en 1999 dio un golpe de Estado incruento contra Nawaz Sharif, pretende lograr la reelección sin dejar el uniforme en el armario. Y quiere conseguirlo antes de que las elecciones generales previstas para comienzos del próximo año cambien la composición del parlamento nacional y las cámaras regionales, que se constituyen en colegio electoral y eligen al presidente. Ahora mismo las fuerzas le serían favorables, cosa que no puede asegurar después de las elecciones.
Lo que suceda en Paquistán nos interesa a todos. Es uno de los países musulmanes más grandes, con 190 millones de habitantes. Se encuentra en la frontera con Afganistán y sirve de retaguardia a los talibanes que recobran fuerzas y asedian tanto al gobierno afgano de Karzai como a las fuerzas de la OTAN. En sus madrasas se forman cientos de miles de niños y adolescentes que engrosarán las fuerzas jihadistas. Y se trata de una potencia regional y nuclear que, 60 años después de su independencia, sigue en conflicto abierto con la India.
Hasta los atentados del 11 de septiembre Musharraf apoyó a los talibanes. Desde entonces los ha combatido con mayor o menor convicción y eficacia. Hasta la toma de la Mezquita Roja de Islamabad, por parte de radicales cercanos a al-Qaeda, que sería asaltada el 10 de julio con la muerte de la menos un centenar de personas. Esto le ha valido la declaración de guerra por parte del propio Bin Laden. Pero no fue el único revés de los últimos tiempos. La Corte Suprema revocó la decisión presidencial de remover a Iftikhar Chaudhry, presidente del Tribunal Supremo. Y deportó sin contemplaciones a Nawaz Sharif, el ex primer ministro que él mismo derrocó, después de que la justicia autorizase su regreso del exilio.
Musharraf se presenta como el único que puede contener el islamismo. Y Occidente se encuentra ante un dilema ya conocido: apoyar a un dictador que supuestamente es útil a sus intereses o alentar la recuperación de la democracia. En las elecciones del 2002 los islamistas solo consiguieron el 11 % de los votos, pero todo indica que el respaldo ahora será mucho mayor.
El peor de los escenarios sería que el general-presidente decrete el estado de emergencia, anule las elecciones y se mantenga por la fuerza en el poder. Una alternativa que muchos analistas ven como posible, sobre todo si la Corte Suprema negara a Musharraf el derecho a presentarse como candidato a las elecciones presidenciales.
