lunes, 30 de abril de 2007

Turquía y sus generales

En 1960 el ejército turco dio un golpe de Estado y ahorcó a tres ministros. Veinte años después otro golpe solo acabó con el internamiento de algunos políticos. Después vendrían otras dos intervenciones, la última en 1997, que son considerados como "golpes blandos". Ahora, con la posibilidad de que la presidencia de la República sea asumida por un islamista (aunque moderado), ha vuelto a remover las aguas y en una evidente presión política recuerdan al primer ministro Erdogan que las Fuerzas Armadas son incondicionales defensoras del laicismo.

El ejército turco es el segundo más grande de la OTAN. Y el principal defensor del Estado laico, amenazado desde que las elecciones del 2002 fueron ganadas por el Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP). Este partido se define como una formación demócrata conservadora, pero sus orígenes están en una formación islamista ilegalizada.

El gobierno de Tayyip Erdogan puede exhibir en su haber un intento indudable por responder a las normas que la Unión Europea exige para iniciar negociaciones sobre una posible adhesión de Turquía a la UE. Y cuenta con logros económicos notables. Pero también es un gobierno islamista en el que todas las esposas de ministros llevan velo, prohibido por ley en Turquía, tanto en la función pública como en la Universidad. Y esto cambia radicalmente el carácter laico del Estado turco, tal como lo fundó Kemal Ataturk.

La posibilidad de que los principales poderes del Estado (ejecutivo, Parlamento y Presidencia) caigan en manos de islamistas, ha disparado las alarmas. Militares, jueces, universitarios, son muchos los que engrosan las gigantescas manifestaciones contra la candidatura (única en presentarse) de Abdullah Güll, brazo derecho de Erdogan y el rostro amable del islamismo turco. Para los militares, los islamistas son la mayor amenaza estratégica para el país.

La presidencia de la República, conviene recordarlo, es un cargo cargado de simbolismo, que puede vetar leyes, influir en nombramientos y cargar con la representación de ese estado laico del kemalismo.

La democracia tiene sus reglas y es evidente que Erdogan ganó las elecciones. También es cierto que el candidato a la presidencia saldría con el respaldo parlamentario que exige la ley. Pero también cabe preguntarse, ¿hay que intervenir para poner coto al islamismo? No hay una sola respuesta, sobre todo porque Turquía no es Irán ni Afganistán ni Paquistán. Y aunque el avance del islamismo es evidente, la sociedad turca es muy distinta.

El ejército turco es el guardián del laicismo, cosa que nos puede despertar simpatía. Pero este mismo ejército tiene sus puntos negros, muy preocupantes, como la lucha contra los kurdos del PKK, con enormes abusos a los derechos humanos. A todos nos debe asustar un golpe militar. Y no hay que olvidar lo que sucedió en 1992 en Argelia, cuando el gobierno anuló las elecciones legislativas que ganó el FIS (Frente Islámico de Salvación): más de 150.000 muertos en una década y un desarrollo inesperado del islamismo radical en un país que llegó a hablar de socialismo árabe.

Ambos bloques, el laico y el islamista, deben encontrar una solución. No hay que olvidar que en el artículo número 2 de la Constitución define a la República turca con características como democrática y secular. La posición pública del ejército sería inaceptable en cualquier estado democrático (por ejemplo de la Europa a la que quieren ingresar), pero también es cierto que el islamismo puede desfigurar las características particulares del Estado turco. Y Erdogan y el AKP deberían intentar consensuar un candidato a la presidencia.

Un columnista del diario Hurriyet, Tufan Turenc, escribió recientemente: "Si el AKP continúa con su mentalidad, esta vez no serán las Fuerzas Armadas las que den el golpe en Turquía, serán las fuerzas desarmadas las que lo harán en las urnas". De hecho, lo mejor que podría pasar en esta crisis es que se convoquen elecciones anticipadas, que descompresionen el ambiente político y definan un nuevo mapa político.

jueves, 12 de abril de 2007

Argelia, ¿vuelve el terrorismo?

Los atentados de Argelia y Marruecos demuestran que se ha puesto en marcha una nueva fase en la ofensiva terrorista de la red Al Qaeda. Y ponen de manifiesto, sobre todo, el fracaso de la política de apaciguamiento del presidente argelino, Buteflika, respaldada por un referéndum en septiembre del 2005. Iniciativa que pretendía poner fin a uno de los más sangrientos conflictos recientes, con unos 200.000 muertos en solo una década, la de los ´90.

Desde febrero del 2006, más de 2.000 presos islamistas fueron liberados gracias a la oferta del gobierno de otorgar el perdón a los terroristas que depusieran las armas, siempre que no tuvieran manchadas las manos de sangre. Pero corren informaciones en Argelia de que son numerosos los arrepentidos que han vuelto a las andadas.

Junto a ellos, se estaría incorporando una nueva generación de jóvenes desocupados, tradicional cantera del terrorismo islamista. Según el diplomático Juan José Escobar Stemmann, las bases hay que buscarlas entre los totalmente excluidos de la sociedad y carentes de un sentimiento de pertenencia nacional. Entre ellos estaría Abdel Qahar, uno joven de 20 años, hijo de Alí Belhadj, uno de los primeros líderes (junto a Abasi Madani) del islamismo argelino. Belhadj empezó como imán de la mezquita del barrio popular de Bab El Oued, en Argel, y fue número 2 del FIS Frente Islámico de Salvación), el partido que ganó las elecciones de 1992, anuladas por los militares.

Recuerdo un viaje a Argelia después de una revuelta popular, que coincidió con el comienzo del movimiento islamista. Alí Belhadj era entonces un joven imán vigilado por el régimen. El intento de asistir a la oración de los viernes en su mezquita acabó la breve detención de este periodista y un colega turco.

En ese entonces se daba, como ahora, una enorme desesperanza por el futuro. Los jóvenes tenían dos opciones en su vida: ver pasar las horas sentados en la vereda de su casa o acudir a la mezquita, donde al menos se les ofrecía una mínima posibilidad de socialización. Al volver a sus casas podían ver todos los canales de la televisión francesa, con un mundo inalcanzable. Su realidad cotidiana era radicalmente distinta. En ese preciso momento, por ejemplo, era imposible conseguir cosas tan elementales como pilas ("este año no llegaron", me dijeron) o neumáticos para sus autos. Y hubo varias revueltas por la falta de pan o harina para fabricarlo.

Esta nueva ofensiva terrorista y la sumisión de los islamistas del norte de África a Bin Laden (el Grupo Salafista para la Predicación y el Combate acaba de ser absorbido por Al Qaeda), marca un cambio cualitativo. Ya no solo se trata de tumbar al "régimen corrupto del ELN" argelino, sino de imponer un estado islámico en el norte de África. O, de creer el último comunicado, en las tierras que van de Jerusalén a Al Andalus (la España ocupada por los árabes entre el 711 y 1492). Y su fanatismo llega a usar el suicidio, cosa desconocida hasta ahora en los fanáticos argelinos.

Hay quien señala que estamos ante acciones desesperadas de los terroristas frente al éxito que estarían teniendo las operaciones del ejército, pero esto parece una interpretación interesadamente optimista. El diario argelino Expression sostiene que da la impresión de que la banda de Al Qaeda en el Magreb ha recibido nuevos refuerzos y equipamientos, Y que, posiblemente, está ahora encuadrada por "emires" entrenados en las técnicas del terrorismo moderno aprendidas en Afganistán.

Este mismo diario termina su editorial del jueves 12 afirmando que frente a un Magreb del terrorismo es urgente oponerle un Magreb (realmente) unido. Pero las posibilidades de enfrentar esta situación de una manera coordinada son casi nulas si tenemos en cuenta las tradicionales y profundas diferencias entre Argelia y Marruecos a cuenta del conflicto del Sáhara Occidental.