En 1960 el ejército turco dio un golpe de Estado y ahorcó a tres ministros. Veinte años después otro golpe solo acabó con el internamiento de algunos políticos. Después vendrían otras dos intervenciones, la última en 1997, que son considerados como "golpes blandos". Ahora, con la posibilidad de que la presidencia de la República sea asumida por un islamista (aunque moderado), ha vuelto a remover las aguas y en una evidente presión política recuerdan al primer ministro Erdogan que las Fuerzas Armadas son incondicionales defensoras del laicismo.
El ejército turco es el segundo más grande de la OTAN. Y el principal defensor del Estado laico, amenazado desde que las elecciones del 2002 fueron ganadas por el Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP). Este partido se define como una formación demócrata conservadora, pero sus orígenes están en una formación islamista ilegalizada.
El gobierno de Tayyip Erdogan puede exhibir en su haber un intento indudable por responder a las normas que la Unión Europea exige para iniciar negociaciones sobre una posible adhesión de Turquía a la UE. Y cuenta con logros económicos notables. Pero también es un gobierno islamista en el que todas las esposas de ministros llevan velo, prohibido por ley en Turquía, tanto en la función pública como en la Universidad. Y esto cambia radicalmente el carácter laico del Estado turco, tal como lo fundó Kemal Ataturk.
La posibilidad de que los principales poderes del Estado (ejecutivo, Parlamento y Presidencia) caigan en manos de islamistas, ha disparado las alarmas. Militares, jueces, universitarios, son muchos los que engrosan las gigantescas manifestaciones contra la candidatura (única en presentarse) de Abdullah Güll, brazo derecho de Erdogan y el rostro amable del islamismo turco. Para los militares, los islamistas son la mayor amenaza estratégica para el país.
La presidencia de la República, conviene recordarlo, es un cargo cargado de simbolismo, que puede vetar leyes, influir en nombramientos y cargar con la representación de ese estado laico del kemalismo.
La democracia tiene sus reglas y es evidente que Erdogan ganó las elecciones. También es cierto que el candidato a la presidencia saldría con el respaldo parlamentario que exige la ley. Pero también cabe preguntarse, ¿hay que intervenir para poner coto al islamismo? No hay una sola respuesta, sobre todo porque Turquía no es Irán ni Afganistán ni Paquistán. Y aunque el avance del islamismo es evidente, la sociedad turca es muy distinta.
El ejército turco es el guardián del laicismo, cosa que nos puede despertar simpatía. Pero este mismo ejército tiene sus puntos negros, muy preocupantes, como la lucha contra los kurdos del PKK, con enormes abusos a los derechos humanos. A todos nos debe asustar un golpe militar. Y no hay que olvidar lo que sucedió en 1992 en Argelia, cuando el gobierno anuló las elecciones legislativas que ganó el FIS (Frente Islámico de Salvación): más de 150.000 muertos en una década y un desarrollo inesperado del islamismo radical en un país que llegó a hablar de socialismo árabe.
Ambos bloques, el laico y el islamista, deben encontrar una solución. No hay que olvidar que en el artículo número 2 de la Constitución define a la República turca con características como democrática y secular. La posición pública del ejército sería inaceptable en cualquier estado democrático (por ejemplo de la Europa a la que quieren ingresar), pero también es cierto que el islamismo puede desfigurar las características particulares del Estado turco. Y Erdogan y el AKP deberían intentar consensuar un candidato a la presidencia.
Un columnista del diario Hurriyet, Tufan Turenc, escribió recientemente: "Si el AKP continúa con su mentalidad, esta vez no serán las Fuerzas Armadas las que den el golpe en Turquía, serán las fuerzas desarmadas las que lo harán en las urnas". De hecho, lo mejor que podría pasar en esta crisis es que se convoquen elecciones anticipadas, que descompresionen el ambiente político y definan un nuevo mapa político.
El ejército turco es el segundo más grande de la OTAN. Y el principal defensor del Estado laico, amenazado desde que las elecciones del 2002 fueron ganadas por el Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP). Este partido se define como una formación demócrata conservadora, pero sus orígenes están en una formación islamista ilegalizada.
El gobierno de Tayyip Erdogan puede exhibir en su haber un intento indudable por responder a las normas que la Unión Europea exige para iniciar negociaciones sobre una posible adhesión de Turquía a la UE. Y cuenta con logros económicos notables. Pero también es un gobierno islamista en el que todas las esposas de ministros llevan velo, prohibido por ley en Turquía, tanto en la función pública como en la Universidad. Y esto cambia radicalmente el carácter laico del Estado turco, tal como lo fundó Kemal Ataturk.
La posibilidad de que los principales poderes del Estado (ejecutivo, Parlamento y Presidencia) caigan en manos de islamistas, ha disparado las alarmas. Militares, jueces, universitarios, son muchos los que engrosan las gigantescas manifestaciones contra la candidatura (única en presentarse) de Abdullah Güll, brazo derecho de Erdogan y el rostro amable del islamismo turco. Para los militares, los islamistas son la mayor amenaza estratégica para el país.
La presidencia de la República, conviene recordarlo, es un cargo cargado de simbolismo, que puede vetar leyes, influir en nombramientos y cargar con la representación de ese estado laico del kemalismo.
La democracia tiene sus reglas y es evidente que Erdogan ganó las elecciones. También es cierto que el candidato a la presidencia saldría con el respaldo parlamentario que exige la ley. Pero también cabe preguntarse, ¿hay que intervenir para poner coto al islamismo? No hay una sola respuesta, sobre todo porque Turquía no es Irán ni Afganistán ni Paquistán. Y aunque el avance del islamismo es evidente, la sociedad turca es muy distinta.
El ejército turco es el guardián del laicismo, cosa que nos puede despertar simpatía. Pero este mismo ejército tiene sus puntos negros, muy preocupantes, como la lucha contra los kurdos del PKK, con enormes abusos a los derechos humanos. A todos nos debe asustar un golpe militar. Y no hay que olvidar lo que sucedió en 1992 en Argelia, cuando el gobierno anuló las elecciones legislativas que ganó el FIS (Frente Islámico de Salvación): más de 150.000 muertos en una década y un desarrollo inesperado del islamismo radical en un país que llegó a hablar de socialismo árabe.
Ambos bloques, el laico y el islamista, deben encontrar una solución. No hay que olvidar que en el artículo número 2 de la Constitución define a la República turca con características como democrática y secular. La posición pública del ejército sería inaceptable en cualquier estado democrático (por ejemplo de la Europa a la que quieren ingresar), pero también es cierto que el islamismo puede desfigurar las características particulares del Estado turco. Y Erdogan y el AKP deberían intentar consensuar un candidato a la presidencia.
Un columnista del diario Hurriyet, Tufan Turenc, escribió recientemente: "Si el AKP continúa con su mentalidad, esta vez no serán las Fuerzas Armadas las que den el golpe en Turquía, serán las fuerzas desarmadas las que lo harán en las urnas". De hecho, lo mejor que podría pasar en esta crisis es que se convoquen elecciones anticipadas, que descompresionen el ambiente político y definan un nuevo mapa político.
