Los atentados de Argelia y Marruecos demuestran que se ha puesto en marcha una nueva fase en la ofensiva terrorista de la red Al Qaeda. Y ponen de manifiesto, sobre todo, el fracaso de la política de apaciguamiento del presidente argelino, Buteflika, respaldada por un referéndum en septiembre del 2005. Iniciativa que pretendía poner fin a uno de los más sangrientos conflictos recientes, con unos 200.000 muertos en solo una década, la de los ´90.
Desde febrero del 2006, más de 2.000 presos islamistas fueron liberados gracias a la oferta del gobierno de otorgar el perdón a los terroristas que depusieran las armas, siempre que no tuvieran manchadas las manos de sangre. Pero corren informaciones en Argelia de que son numerosos los arrepentidos que han vuelto a las andadas.
Junto a ellos, se estaría incorporando una nueva generación de jóvenes desocupados, tradicional cantera del terrorismo islamista. Según el diplomático Juan José Escobar Stemmann, las bases hay que buscarlas entre los totalmente excluidos de la sociedad y carentes de un sentimiento de pertenencia nacional. Entre ellos estaría Abdel Qahar, uno joven de 20 años, hijo de Alí Belhadj, uno de los primeros líderes (junto a Abasi Madani) del islamismo argelino. Belhadj empezó como imán de la mezquita del barrio popular de Bab El Oued, en Argel, y fue número 2 del FIS Frente Islámico de Salvación), el partido que ganó las elecciones de 1992, anuladas por los militares.
Recuerdo un viaje a Argelia después de una revuelta popular, que coincidió con el comienzo del movimiento islamista. Alí Belhadj era entonces un joven imán vigilado por el régimen. El intento de asistir a la oración de los viernes en su mezquita acabó la breve detención de este periodista y un colega turco.
En ese entonces se daba, como ahora, una enorme desesperanza por el futuro. Los jóvenes tenían dos opciones en su vida: ver pasar las horas sentados en la vereda de su casa o acudir a la mezquita, donde al menos se les ofrecía una mínima posibilidad de socialización. Al volver a sus casas podían ver todos los canales de la televisión francesa, con un mundo inalcanzable. Su realidad cotidiana era radicalmente distinta. En ese preciso momento, por ejemplo, era imposible conseguir cosas tan elementales como pilas ("este año no llegaron", me dijeron) o neumáticos para sus autos. Y hubo varias revueltas por la falta de pan o harina para fabricarlo.
Esta nueva ofensiva terrorista y la sumisión de los islamistas del norte de África a Bin Laden (el Grupo Salafista para la Predicación y el Combate acaba de ser absorbido por Al Qaeda), marca un cambio cualitativo. Ya no solo se trata de tumbar al "régimen corrupto del ELN" argelino, sino de imponer un estado islámico en el norte de África. O, de creer el último comunicado, en las tierras que van de Jerusalén a Al Andalus (la España ocupada por los árabes entre el 711 y 1492). Y su fanatismo llega a usar el suicidio, cosa desconocida hasta ahora en los fanáticos argelinos.
Hay quien señala que estamos ante acciones desesperadas de los terroristas frente al éxito que estarían teniendo las operaciones del ejército, pero esto parece una interpretación interesadamente optimista. El diario argelino L´Expression sostiene que da la impresión de que la banda de Al Qaeda en el Magreb ha recibido nuevos refuerzos y equipamientos, Y que, posiblemente, está ahora encuadrada por "emires" entrenados en las técnicas del terrorismo moderno aprendidas en Afganistán.
Este mismo diario termina su editorial del jueves 12 afirmando que frente a un Magreb del terrorismo es urgente oponerle un Magreb (realmente) unido. Pero las posibilidades de enfrentar esta situación de una manera coordinada son casi nulas si tenemos en cuenta las tradicionales y profundas diferencias entre Argelia y Marruecos a cuenta del conflicto del Sáhara Occidental.
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