Vuelvo a Buenos Aires después de casi dos años. La última vez estuve cubriendo las elecciones y la posterior asunción de Cristina Fernández como presidenta. Las primeras imágenes me recuerdan que, pese a todo, buena parte de la Argentina sigue siendo un país pobre, en el que millones de personas sobreviven en la miseria. Me basta con mirar por la ventana del auto que me lleva desde el aeropuerto de Ezeiza a Lomas de Zamora, en el sur del Gran Buenos Aires, por el camino negro. A mi derecha, antes de pasar por Puente Alsina y Lanús, veo pasar villas miseria y restos del naufragio industrial de otros tiempos.
Horas más tarde, muy cerca del camino recorrido, un adolescente de 14 años mataría a tiros a un hombre al que intentó robar su vehículo. Seguramente el muchacho actuaba por encargo y no recibiría más de 100 euros por el coche.
Antes de que acabe el día vuelvo a Lanús, donde están algunas de las zonas más pobres del conurbano bonaerense, donde se roban unos 60 vehículos por semana y donde proliferan los desarmaderos o desguaces de coches, naturalmente robados. Junto a la estación de tren, los vendedores ambulantes me recuerdan situaciones vividas en algunos países de Asia o Africa. Y la visita al despacho de un abogado, me devuelve a la memoria los tugurios en los que trabajan los abogados paquistaníes de Islamabad, Pakistán.
Pero la primera imagen de todas, que me recordó una cara no grata de la Argentina, la tuve en el mismo aeropuerto. Cambio 100 euros en el mostrador situado al lado de la recogida de equipajes. Sé que en el centro tendré un cambio más favorable, pero prefiero tener efectivo local. Lo que me gusta menos es que me ofrecen mejor cotización si cambio 150 euros.
Traspaso la aduana para contratar un remis, esa versión criolla de taxi privado, y caigo en la trampa de atender al más gritón de los promotores, sin comparar el precio de sus competidores, situados todos en la misma fila de mostradores. Me cobra 100 pesos argentinos, unos 22 euros. Me acompaña y me lleva una de mis valijas un empleado que me pide "una propinita".
Es la viveza criolla de la que han escrito desde Julio Mafud, con su extraordinaria "Psicología de la viveza criolla", a Marcos Aguinis a Marco Denevi. Parece que Borges escribió (lamento no poder citar con exactitud): "El argentino suele carecer de conducta moral, pero no intelectual; pasar por un inmoral le importa menos que pasar por un zonzo. La deshonestidad, según se sabe, goza de la veneración general y se llama viveza criolla".
Por cierto, que para afianzar la imagen de crisis, el dengue a llegado a Buenos Aires, lo que demuestra el deterioro sanitario y ambiental propio de otros países más pobres de la región
viernes, 17 de abril de 2009
miércoles, 1 de abril de 2009
Adiós a Raúl Alfonsín
Pocos momentos tan emocionantes puedo recordar en el último cuarto de siglo en Argentina como el último mitin de campaña frente al obelisco de Raúl Alfonsín, previo a su victoria en las urnas. También lo fueron otros, como el que Oscar Alende (del Partido Intransigente) hizo en Plaza Once, pero el de Alfonsín encarnó las esperanzas de millones de argentinos frente a los años de la más cruel dictadura que el país había sufrido. Junto a una impresionante oratoria, Alfonsín aportaba una conducta en esos tiempos difíciles que tenía fundamentalmente dos coordenadas. Por una parte, fue uno de los fundadores de la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos. Y además tuvo la lucidez de ser uno de los pocos dirigentes que se opuso a la guerra de las Malvinas, sin sumarse al espíritu patriotero que arrastró a otros.
Su gobierno tuvo luces y sombras. Son muchos los que se sintieron traicionados por ceder a las presiones militares, después de haber tomado la inédita medida de llevar a los tribunales a los principales líderes de la dictadura. Otros no olvidan el fin de su gobierno, en medio de una espantosa hiperinflación y saqueos a supermercados.
Pero no hay que olvidar nunca las circunstancias. Hoy los militares no tienen un papel político en el país, pero en los primeros años de democracia, a partir de 1983, otra era la situación. Su manejo de la economía, quizá pudo ser mejor. Pero la herencia en este caso también fue espantosa. Y sufrió como nadie el acoso de los sindicatos peronistas, que le hicieron más de diez huelgas generales. Huelgas que pretendieron debilitar su gobierno más que conseguir logros sociales.
Tuvo un muy alto reconocimiento internacional. Puso rostro a una nueva Argentina. Y fue honesto: murió en el mismo domicilio, con los mismos bienes que tenía antes de su paso por la Casa Rosada.
Etiquetas:
América Latina,
Argentina,
democracia
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