viernes, 31 de agosto de 2007

Guatemala, campaña sangrienta

Guatemala celebrará elecciones generales el próximo 9 de septiembre. Desde el pasado mes de mayo, medio centenar de personas ligadas política o familiarmente a alguno de los 14 candidatos, han sido asesinados. El socialdemócrata Álvaro Colom, favorito en las encuestas, denunció 15 bajas en sus filas.

No es un fenómeno nuevo. Cuando Guatemala recuperó la democracia (1986), después de varias décadas de sangrienta guerra civil, la herencia que dejaron sucesivos gobiernos militares, cuyas dictaduras se cuentan entre las más sangrientas del continente,. Fue la violencia y la impunidad. Solo el año pasado fueron asesinadas 6.000 personas. En la campaña electoral de hace cuatro años cayeron 28. Traficantes de droga que intentan infiltrar a todos los partidos y antiguos paramilitares se suman a los delincuentes comunes, pero todos con un enorme grado de ferocidad en sus acciones.

El ex general Otto Pérez Molina, 57 años, figura en segundo lugar en las encuestas y por tanto disputaría la segunda vuelta con Colom. Graduado en la Escuela de las Américas (la escuela de los dictadores), se da por seguro que estuvo en nómina de la CIA. Fue jefe del G-2, la inteligencia militar, cuya sede estaba en el cuarto piso del Palacio Nacional y que fue la verdadera máquina del terror durante la dictadura. Fue también comandante de la base de Quiché, la zona donde más se sufrió la guerra (1960-1996), y donde el ejército usó la táctica de tierra arrasada y aldeas estratégicas.

No hay que olvidar que los militares guatemaltecos son, probablemente, los primeros en América Latina en recurrir de manera sistemática a la desaparición forzada de personas. Método que empezaron a usar el 6 de marzo de 1966, cuando fueron ejecutados clandestinamente más de 30 miembros y simpatizantes del Partido Guatemalteco del Trabajo (comunista), incluyendo a su líder, Víctor Manuel Gutiérrez.

Pérez Molina tomó el relevo del ex general Efraín Ríos Montt en su intento de poner a un general ligado con el pasado en el Palacio Nacional. Incluso heredó el apoyo incondicional de la creciente comunidad evangélica del país, que tenía en Ríos Montt un furioso predicador, al mismo tiempo que ejercía la presidencia de facto.

Pérez Molina se retiró del ejército en el 2000 y fundó el Partido Patriota. Se autoproclama como el “general de la paz”, aprovechando que fue uno de los firmantes de los Acuerdos de Paz, en nombre del ejército. Y promete acabar con la violencia en seis meses si gana las elecciones. Naturalmente, el método es la mano dura. Para ello recurriría al ejército, durante los tres primeros años de su eventual mandato, mientras se reestructura la corrupta Policía Nacional Civil, fruto de los Acuerdos de Paz.

También se presentará en estas elecciones Rigoberto Menchú, Premio Nobel de la Paz 1992, que aspiraría a ser la primera mujer indígena en ser presidenta en América Latina. Pero, más allá de su buena voluntad y su falta de recursos, está hundida en las encuestas. Al punto que ya declaró que después de las elecciones se dedicará a fortalecer el movimiento político Winap, un partido indígena del que será secretaria general.

Las esperanzas que trajo el fin del conflicto armado, se han visto frustradas, igual que pasó en otros países de América Central. Guatemala sigue siendo un país profundamente desigual y con un 80 % de su población viviendo en la pobreza. Amnistía Internacional ha denunciado que millones de guatemaltecos están atrapados en un círculo de pobreza, violencia, discriminación e impunidad. Y esta parece ser, lamentablemente, la perspectiva para Guatemala después de estas elecciones.

miércoles, 15 de agosto de 2007

La vuelta de Noriega

El general panameño Manuel Antonio Noriega, que entre 1983 y 1989 fue el hombre fuerte del país (aunque nunca fue presidente, utilizó figuras de paja), está preparando su salida de la cárcel de Florida donde pasó los últimos 17 años de su vida. Condenado a 40 años en los EE.UU. bajo los cargos de narcotráfico, saldrá de prisión al cumplir más de dos tercios de condena y gracias a su buena conducta.

El próximo 24 de agosto un juez norteamericano deberá decidir si lo libera el 9 de septiembre o lo extradita a Francia, donde fue juzgado y condenado a 10 años de prisión por lavado de dinero. En caso negativo podría volver a Panamá, donde también tiene una condena pendiente (aunque por su edad la purgaría en su casa) o ir a un tercer país.

La vuelta a Panamá es complicada para el gobierno. Muchos temen su archivo, con dossieres comprometedores sobre muchos personajes políticos. Además tiene todavía un importante apoyo entre los sectores más desfavorecidos de la población (40 % de la población está bajo el nivel de la pobreza).

La historia de Noriega, hoy con 72 años, es la de uno de los protagonistas de la convulsa historia centroamericana de los años ´70 y ´80. Había sido jefe del G2, nombre que recibía la inteligencia militar durante el gobierno del general Torrijos. Posteriormente sería el jefe de las Fuerzas de Defensa (ejército) y a la muerte de Torrijos controló además el Partido Revolucionario Democrático.

Desvirtuó la revolución torrijista (“dictadura con cariño”, según una curiosa definición). Hombre sin escrúpulos, fue agente de la CIA, aunque sería mejor decir que fue doble o triple agente: tenía buenos contactos con el régimen cubano y con el Mossad. Estableció sólidas relaciones con los sandinistas y con el cártel de Medellín. De todos se aprovechó, actuando según su conveniencia. Y, sobre todo, de acuerdo al mejor postor.

Franklin D. Roosvelt fue el autor de aquella famosa frase: “sí es un hijo de puta, pero es nuestro hijo de puta”, referido al primero de los Somoza. De Noriega, el presidente Reagan y luego Bush padre podrían haber dicho lo mismo. Lo utilizaron mientras les servió, en los años convulsos de las guerras de Centroamérica. Los archivos demuestran que negoció con Oliver North incluso el asesinato de la cúpula del gobierno sandinista, a cambio de limpiar su imagen ligada al narcotráfico.

Pero llegó un momento en que a EE.UU. le resultó un estorbo. Tras la devolución del canal mediante los acuerdos Torrijos-Carter (1977) y, sobre todo, después de la muerte del carismático general, los norteamericanos pensaron que Panamá debía tener un gobierno civil, naturalmente favorable a sus intereses.

En 1984 Noriega permite unas elecciones que oficialmente ganó Nicolás Arditto (“Fraudito”) Barletta, que debe renunciar ante el clamor popular de fraude. Tras otra serie de episodios político-militares que sería farragoso detallar, las elecciones de 1989 dan la victoria, aparentemente arrolladora, al opositor Guillermo Endara. Pero Noriega anula el proceso, lo que colma la paciencia de Washington.

Además la prensa de EE.UU. empezó a hablar de sus relaciones con el Cártel de Medellín. Ya en 1978 el agente de la DEA, Avelino Fernández, denuncia sus conexiones con el narcotráfico. Después, Pablo Escobar se refugiaría en Panamá tras ordenar el asesinato del ministro colombiano de Justicia, Rodrigo Lara Bonilla, lo que inició el narcoterrorismo. Noriega también permitió que se instalara en la selva del Darién un gran laboratorio para producir cocaína. Esta relación duró hasta que la ambición del panameño se hizo insoportable para los narcos.

Las cuatro razones que el presidente Bush da para ordenar el derrocamiento de Noriega mediante una invasión que bautizó como Causa Justa, fueron: salvaguardar la vida de los ciudadanos estadounidenses en el país (tras algunos confusos incidentes en los que murió un marine norteamericano); defender la democracia y los derechos humanos; combatir el tráfico de drogas; y respaldar el cumplimiento del Tratado Torrijos-Carter, alegando que Noriega amenazaba la neutralidad del Canal.

No se ha podido establecer un balance de víctimas de la invasión norteamericana. Una cifra de muertos en la que coinciden diversas fuentes es la de 3.000, entre ellos el fotógrafo del diario español El País, Juantxu Rodríguez. La invasión provocó enormes daños materiales, incluyendo la destrucción del barrio del Chorrillo. Pero sobre todo, confirmó nuevamente la odiosa imagen imperial de los EE.UU., cuando se estaba produciendo el desmoronamiento de la Unión Soviética. ¿Quiso el gobierno de Washington capturar a Noriega o reafirmar su hegemonía continental? Las dos cosas, pero sobre todo la segunda.

El Panamá de hoy, presidido por Martín Torrijos, hijo del general, es muy distinto del que dejó Noriega. Aunque algunos de sus hombres lograron reinsertarse. El caso más notorio es el del actual ministro de Obras Públicas, Benjamín Colamarco, que fue jefe de los Batallones de la Dignidad, grupo paramilitar norieguista que aterrorizaba a la oposición. No obstante el país ha dejado atrás esa época turbulenta. Vive cierta euforia económica, con un crecimiento estimado en el 2007 del 6,6 %, solo detrás de Argentina y Trinidad y Tobago en la región. Además ha recuperado su puesto como floreciente centro financiero internacional. Y ve como el turismo se convierte en una nueva e importante fuente de ingresos.

Y aunque Daniel Ortega haya vuelto a la presidencia de Nicaragua y Oscar Arias a la de Costa Rica, es evidente que la región es también muy distinta a la de las guerras de décadas pasadas.