Han pasado 52 años desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, pero Alemania sigue tratando de reparar el inmenso horror que provocó el régimen nazi. El último ejemplo tiene un alto valor simbólico: el famoso crítico literario Marcel Reich-Ranicki acaba de ser investido doctor honoris causa por la Universidad Humboldt de Berlín, la misma que 69 años antes lo había rechazado por su condición de judío.
La Universidad, fundada por el sabio Wilhem von Humboldt en el siglo XIX, fue uno de los escenarios de los desmanes del Tercer Reich. Al otro lado de la calle, la famosa Unter den Linden, se perpetró la quema de libros, que ilustra la barbarie nazi.
Reich-Ranicki, unánimemente considerado como el gran crítico literario del siglo XX en lengua alemana, era hijo de una familia polaca que se había trasladado a Berlín cuando él todavía era niño. Deportado a Polonia, fue uno de los pocos sobrevivientes del ghetto, junto a su esposa. Pero toda su familia fue exterminada en Auschwitz. No pudo ingresar en la Universidad Humboldt de Berlín, donde quería estudiar filosofía, y ya nunca pudo cursar estudios universitarios.
Volvería a Berlín con las tropas que la liberaron. Después de un breve período al servicio de la diplomacia de su país de origen, Polonia, huiría nuevamente a Alemania, el de su cultura. Y allí se forjó una gran reputación. Las páginas del semanario Die Zeit y el diario Frankfurter Allgemeine Zeitung le convertirían en un crítico respetado, influyente y temido. Consiguió también trascender al gran público y alcanzó enorme popularidad en su famoso programa televisivo Cuarteto Literario que, años después, en la ZDF, repetiría pero en solitario.
Su autobiografía es un apasionante relato de vida que ilustra no solo sobre la Alemania nazi, sino también sobre la posguerra. Esos años en los que la duda sobre el pasado de cada hombre adulto se instaló sin remedio. En una entrevista con la periodista Bettina Röhl, hija de Ulrike Meinhof, Reich-Ranicki recuerda cómo la que luego sería dirigente de la RAF (Fracción del Ejército Rojo, o banda Baader Meinhof) fue la primera periodista que le preguntó sobre su experiencia en el ghetto de Varsovia. Mientras Alemania y los grandes medios le ofrecieron la gran oportunidad de convertirse en lo que fue, de escribir lo que quisiera sin límites de tiempo o espacio, su condición de judío lo aisló socialmente.
Serían necesarios muchos años, nuevas generaciones, para que las heridas empiecen a cicatrizar. Lo notable es que Alemania sigue asumiendo como país su deuda con la humanidad con gestos como el de hacer honoris causa a Reich-Ranicki.

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