Si el presidente Ernesto Samper va a pasar a la historia de Colombia por haber llegado al Palacio de Nariño con la ayuda financiera del narcotráfico, Alvaro Uribe corre serio peligro de ser asociado a los paramilitares. En cuestión de días fueron detenidos 8 congresistas oficialistas (un noveno está en fuga) por financiarlos o apoyarlos; la ministra de Exteriores, hermana de uno de ellos, tuvo que dimitir; y el que fuera jefe del DAS (servicio de inteligencia) durante el primer gobierno uribista, Jorge Noguera, acaba de ser detenido ante la sospecha de que proporcionaba listas a los paras de sindicalistas y trabajadores sociales, usadas después como objetivos criminales.
Desde el comienzo de su carrera política en Antioquia (capital, Medellín) el nombre de Uribe estuvo asociado a los paramilitares, las fuerzas organizadas en los años ´80 por los terratenientes para hacer frente a las diversas fuerzas guerrilleras que controlan buena parte del territorio nacional. Promovió las milicias conocidas como CONVIVIR, una especie de cooperativa privada de seguridad, muchos de cuyos miembros fueron acusados de cometer abusos y crímenes. Otros acabaron en las Autodefensas Unidas de Colombia, nombre que se dieron los paramilitares, y que cometieron algunas de las peores atrocidades en un país donde la violencia lleva décadas instalada en sus más diversas formas: guerrilla, narcotráfico, paramilitarismo, delincuencias varias.
Uribe, un político que se impuso al margen de los dos partidos políticos tradicionales (Conservador y Liberal), consiguió ganar las elecciones con su discurso de mano dura y promesa de pacificación del país. Terminado su primer período, el año pasado logró la reelección, previa reforma constitucional. Y lo hizo no solo superando los votos de la primera elección, sino consiguiendo el record de votación en la historia de Colombia, al lograr el 62,35 % de los votos. Su discurso populista prendió y le ha permitido altas dosis de popularidad. Ya se sabe: en épocas de crisis la mano dura rinde sus frutos. Pero esta vez el escándalo puede haber llegado demasiado lejos. Y podríamos estar ante la punta de un iceberg con consecuencias imprevisibles.
Colombia es hoy el principal aliado de EE.UU. en la región. Lo es desde hace tiempo, incluso antes del surgimiento de Chávez al otro lado de la frontera. Para Washington, Colombia es pieza clave en su estrategia regional contra el tráfico de drogas y la insurgencia. Dado el deterioro que ha sufrido la relación entre EE.UU. y Venezuela, cabe pensar que Uribe seguirá disfrutando del apoyo del norte. Pero la escena política interna corre peligro de convertir en un caos esta segunda presidencia de Uribe, cuando solo ha consumido un año de los cuatro que le corresponden. Y desestabilizar un país que, pese a todo, se mantenía al margen de los avatares institucionales de otros países de la región.
Desde el comienzo de su carrera política en Antioquia (capital, Medellín) el nombre de Uribe estuvo asociado a los paramilitares, las fuerzas organizadas en los años ´80 por los terratenientes para hacer frente a las diversas fuerzas guerrilleras que controlan buena parte del territorio nacional. Promovió las milicias conocidas como CONVIVIR, una especie de cooperativa privada de seguridad, muchos de cuyos miembros fueron acusados de cometer abusos y crímenes. Otros acabaron en las Autodefensas Unidas de Colombia, nombre que se dieron los paramilitares, y que cometieron algunas de las peores atrocidades en un país donde la violencia lleva décadas instalada en sus más diversas formas: guerrilla, narcotráfico, paramilitarismo, delincuencias varias.
Uribe, un político que se impuso al margen de los dos partidos políticos tradicionales (Conservador y Liberal), consiguió ganar las elecciones con su discurso de mano dura y promesa de pacificación del país. Terminado su primer período, el año pasado logró la reelección, previa reforma constitucional. Y lo hizo no solo superando los votos de la primera elección, sino consiguiendo el record de votación en la historia de Colombia, al lograr el 62,35 % de los votos. Su discurso populista prendió y le ha permitido altas dosis de popularidad. Ya se sabe: en épocas de crisis la mano dura rinde sus frutos. Pero esta vez el escándalo puede haber llegado demasiado lejos. Y podríamos estar ante la punta de un iceberg con consecuencias imprevisibles.
Colombia es hoy el principal aliado de EE.UU. en la región. Lo es desde hace tiempo, incluso antes del surgimiento de Chávez al otro lado de la frontera. Para Washington, Colombia es pieza clave en su estrategia regional contra el tráfico de drogas y la insurgencia. Dado el deterioro que ha sufrido la relación entre EE.UU. y Venezuela, cabe pensar que Uribe seguirá disfrutando del apoyo del norte. Pero la escena política interna corre peligro de convertir en un caos esta segunda presidencia de Uribe, cuando solo ha consumido un año de los cuatro que le corresponden. Y desestabilizar un país que, pese a todo, se mantenía al margen de los avatares institucionales de otros países de la región.

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