Todos los procesos históricos y políticos tienen sus ciclos. Los gobiernos cambian, los imperios caen y hasta las dictaduras se convierten en democracias. En el caso de Irán, la revolución islámica que provocó la caída del Sah Reza Pahlevi en 1979, se ha producido un quiebre inesperado. No habrá un cambio de régimen, porque la pelea se da entre distintas facciones internas, pero nada será igual a partir de ahora, sea cual sea la salida de esta crisis.
Aunque los criterios que se puedan aplicar al país son diferentes a los de una democracia occidental (cosa que no es), está claro que la legitimidad del presidente Ahmadinejad, caso de que se mantenga en el poder, ha quedado severamente mellada. La dimensión del fraude electoral seguramente nunca va a poder establecerse. Pero los muertos y los miles de manifestantes en la calle demuestran que algo se ha roto en el país.
Al calor de las manifestaciones de apoyo al candidato más moderado en las pasadas elecciones, el antiguo primer ministro Musavi, se han manifestado muchos sectores que piden un cambio. Parece que eso quisieron decir los electores el día de los comicios y demuestra que hay muchos iraníes (¿mayoría?), que quieren un país más abierto, integrado en la comunidad internacional.
Ahmadinejad ofrece más de lo mismo, es decir, tensiones por el programa nuclear y aislamiento por sus abominables declaraciones antisemitas y su apoyo a diversos movimientos terroristas. Un Irán en estas condiciones, con otro periodo de Ahmadinejad al frente del país, fortalecería a Netanyahu en Israel y el nivel de confrontación seguirá aumentando.
Lo destacable de las manifestaciones de protesta es que se producen a pesar del férreo control social del régimen. Un sistema que tiene un guía supremo, el gran ayatollah Jamenei (sucesor de Jomeini), cuyo poder es incontestable y que apoya a Ahmadinejad. Y un régimen que cuenta también con un aparato represivo, que incluye a los Guardianes de la Revolución y la milicia de los Basijis, compuesta por centenares de miles de fanáticos que conforman un sistema policial de los más eficientes del mundo.
Si prevalece Ahmadinejad seguirá la represión, más dura para evitar que vuelvan a florecer las protestas. Otra hipótesis es casi impensable, aunque la comunidad internacional va a insistir en que se revise el proceso electoral y cese la represión. Aunque también podría suceder lo que tantas otras veces se planteó en crisis parecidas: que las grandes potencias prefieran la estabilidad del país, sacrificando los valores democráticos.
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