jueves, 21 de mayo de 2009

Reelecciones

Primero fueron Fujimori y Menem; después, Chávez, Uribe y Correa. Cinco presidentes de América del Sur forzaron las constituciones de sus respectivos países para lograr su reelección. Fueron presidentes de muy diferente signo ideológico, pero con una misma obsesión.

El presidente del país más importante de la región, Brasil, nos acaba de dar una lección ética al rechazar los intentos de algunos de sus partidarios de seguir el mismo camino. El presidente Lula, el más popular y el que más legitimidad tendría para ello, ha resuelto la cuestión aún en una coyuntura difícil, cuando su candidata, Dilma Roussef, sufre una recaída en su enfermedad (cáncer linfático) que pone en serias dudas su futuro político.

Se puede discutir el fondo del asunto, argumentando que en Europa no hay limitación de mandatos. La diferencia está en las tradiciones y en que en la mayoría de los casos Europa tiene sistemas parlamentarios. Los sistemas presidencialistas fuertes, como en América Latina, son más propicios a los abusos de poder. Y más aún si se permite la reelección indefinida. La falta de controles parlamentarios efectivos es evidente: en Colombia tiene a la tercera parte de sus miembros en la cárcel por nexos con el narcotráfico y con paramilitares; en Argentina, donde el gobierno tiene mayoría absoluta en las dos cámaras, éstas sesionan poco y nada y cuando es necesario el gobierno echa mano de los decretos de necesidad y urgencia; en Venezuela el parlamento chavista (la oposición no participó en las últimas elecciones legislativas alegando falta de garantías), entregó al presidente la posibilidad de gobernar por decreto.

Es Brasil, la democracia más vigorosa de la región, quien da esta lección de seriedad y sentido de estado. Aunque cabe recordar que es México el país que desde hace casi 100 años (1910, presidencia de Francisco Madero), el que impuso la no reelección. En todos los documentos oficiales mexicanos hay un sello que dice "democracia efectiva, no reelección". Durante los largos años de gobiernos sucesivos del PRI México no fue un ejemplo de limpieza democrática. Pero al menos supo acotar las tentaciones que pudieran tener los sucesivos presidentes para apoderarse del estado. Porque ni el "dedazo" de los presidentes, que virtualmente designaban a sus delfines y sucesores, significó en ningún caso que los mandatarios salientes retuvieran ningún poder efectivo.

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