Lahore.- Las elecciones parlamentarias de Pakistán son, ante todo, la derrota del presidente, aunque su cargo no estaba en juego. Y suponen, asimismo, la victoria de dos líderes que tampoco eran candidatos: Alí Asif Zardari, el viudo de Benazir Bhutto, y el ex primer ministro, Nawaz Sharif, inhabilitado por Musharraf. También es la victoria –o la venganza- de la asesinada Benazir.
Si el PPP de la familia Bhutto forma gobierno y lo hace mediante un acuerdo con el PLN de Sharif, su primer objetivo será desmontar el andamiaje legal y constitucional que puso en pie Musharraf para asegurarse su continuidad. Las bases para un gobierno de este tipo están puestas, pero no hay que olvidar que Benazir Bhutto negoció con Musharraf antes de su vuelta del exilio y su viudo no se caracteriza por la integridad.
El odio que se profesan Zardari y Musharraf, alimentados en el caso del primero por lo varios años de cárcel que pasó sin juicio acusado de corrupción por el segundo, no es menor que el que se tienen los Bhutto y los Sharif. No es tampoco menor el que se dispensan Sharif y Musharraf, teniendo en cuenta que el segundo derrocó al primero y que Sharif sufrió años de cárcel antes de salir al exilio previo pago de más de 8 millones de dólares. Pero a veces la política hace olvidar agravios pasados.
Lo fundamental para los pakistaníes es saber si los personajes en cuestión habrán aprendido algo. Zardari, que no será primer ministro pero maneja el PPP, fue conocido en el primer mandato de su esposa como mister 10 % y hay quien asegura que en el segundo ya se le llamaba mister 20 %. Sharif también encabezó un gobierno ampliamente corrupto.
Nunca segundas partes fueron buenas, dice un refrán. Pero hay algún ejemplo, el más notable es el de Alan García en Perú. De creer lo que están diciendo, parece que sí hay voluntad de cambio y hay lugar para la esperanza.
El ejército, que desde la independencia, en 1947, ha venido ejerciendo un papel importante en la política del país (incluso en los gobiernos civiles), parece decidido a retirarse a sus labores naturales. Por lo que Musharraf no podrá contar con su respaldo.
El escenario más previsible es que el futuro parlamento reponga a los jueces de la Corte Suprema destituidos por Musharraf, que estaban por declarar ilegal su candidatura a la presidencia. Que vuelvan a considerar el tema y, efectivamente, lo inhabiliten. Y que se elija un nuevo presidente, para acabar con cualquier rastro de la dictadura.
Seguramente será el momento en que Musharraf decida cambiar de aires. En Pakistán nadie la va a garantizar la seguridad que necesita. No olvidemos que tuvo al menos cuatro atentados fallidos. El islamismo radical no le perdona que tras el 11-S se pusiera del lado de los EEUU, después de haber apoyado a los talibanes afganos.
Una primera opción es Arabia Saudí, exilio también de Sharif. El otro es Turquía, el país en el que pasó su infancia, cuyo idioma conoce y donde podrá llevarse el busto de Ataturk que adorna su despacho.
Si el PPP de la familia Bhutto forma gobierno y lo hace mediante un acuerdo con el PLN de Sharif, su primer objetivo será desmontar el andamiaje legal y constitucional que puso en pie Musharraf para asegurarse su continuidad. Las bases para un gobierno de este tipo están puestas, pero no hay que olvidar que Benazir Bhutto negoció con Musharraf antes de su vuelta del exilio y su viudo no se caracteriza por la integridad.
El odio que se profesan Zardari y Musharraf, alimentados en el caso del primero por lo varios años de cárcel que pasó sin juicio acusado de corrupción por el segundo, no es menor que el que se tienen los Bhutto y los Sharif. No es tampoco menor el que se dispensan Sharif y Musharraf, teniendo en cuenta que el segundo derrocó al primero y que Sharif sufrió años de cárcel antes de salir al exilio previo pago de más de 8 millones de dólares. Pero a veces la política hace olvidar agravios pasados.
Lo fundamental para los pakistaníes es saber si los personajes en cuestión habrán aprendido algo. Zardari, que no será primer ministro pero maneja el PPP, fue conocido en el primer mandato de su esposa como mister 10 % y hay quien asegura que en el segundo ya se le llamaba mister 20 %. Sharif también encabezó un gobierno ampliamente corrupto.
Nunca segundas partes fueron buenas, dice un refrán. Pero hay algún ejemplo, el más notable es el de Alan García en Perú. De creer lo que están diciendo, parece que sí hay voluntad de cambio y hay lugar para la esperanza.
El ejército, que desde la independencia, en 1947, ha venido ejerciendo un papel importante en la política del país (incluso en los gobiernos civiles), parece decidido a retirarse a sus labores naturales. Por lo que Musharraf no podrá contar con su respaldo.
El escenario más previsible es que el futuro parlamento reponga a los jueces de la Corte Suprema destituidos por Musharraf, que estaban por declarar ilegal su candidatura a la presidencia. Que vuelvan a considerar el tema y, efectivamente, lo inhabiliten. Y que se elija un nuevo presidente, para acabar con cualquier rastro de la dictadura.
Seguramente será el momento en que Musharraf decida cambiar de aires. En Pakistán nadie la va a garantizar la seguridad que necesita. No olvidemos que tuvo al menos cuatro atentados fallidos. El islamismo radical no le perdona que tras el 11-S se pusiera del lado de los EEUU, después de haber apoyado a los talibanes afganos.
Una primera opción es Arabia Saudí, exilio también de Sharif. El otro es Turquía, el país en el que pasó su infancia, cuyo idioma conoce y donde podrá llevarse el busto de Ataturk que adorna su despacho.

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