jueves, 12 de julio de 2007

Líbano, un año después

Jerusalén.- Nunca estuvo el sur del Líbano (y, por tanto, el norte de Israel), tan seguro como estos últimos meses. Treinta y cuatro días de guerra, 1.200 muertos y el posterior despliegue de los cascos azules de la ONU, dan una tranquilidad a Israel que, sin embargo, es absolutamente engañosa.

En efecto, Hezbollah sigue asentado en el sur del Líbano y se rearma. Ni el ejército libanés ni las fuerzas de la ONU pueden impedir el continuo flujo de armas procedentes de Siria e Irán. Líbano, además, está inmerso en una gravísima crisis política interna. El gobierno del primer ministro Fouad Siniora, no ha logrado imponer su autoridad en el conjunto del país y Hezbollah amenaza con un asalto al poder o un gobierno paralelo. Y lo que quizás es peor, al-Qaeda ha puesto un pie en el país a través del grupo Fatah al-Islam.
En Israel, la conducción de la guerra fue muy resistida. El llamado informe Winograd, en sus conclusiones provisionales, culpa al primer ministro, Ehud Olmert, al ministro de Defensa y a los responsables militares, de una mala gestión y planificación. La ministra de Exteriores, Tzipi Livni, compañera de gabinete y de partido del Primer Ministro, llegó a pedir la dimisión a Olmert.
La sensación que existe en Israel es que todos los frentes están como una olla a presión. La prensa no hace más que hablar de la posiblidad de una nueva guerra con Siria, impaciente por la devolución de los Altos del Golán ocupados por Israel en 1967 y anexados en 1981. Y en Gaza, Hamas sigue día a día atacando territorio israelí, como hacía Hezbollah desde el sur del Líbano.
Pero en la segunda guerra del Líbano se jugó algo más que un conflicto regional. Con el título de “Entonces... ¿ganamos?”, Ben Caspit publica hoy un análisis en el diario israelí Ma´ariv, en el que sostiene que Europa y Estados Unidos se movilizaron porque saben que si una fuerza pro-iraní (Hezbollah), toma el poder en el Líbano y al mismo tiempo se produce la retirada norteamericana de Iraq, se alentará el colapso de un islam moderado en Oriente Medio y la toma del poder por parte de los extremistas: “los egipcios, los jordanos, los saudíes, los israelíes, los americanos, los franceses, los británicos, los libaneses moderados, los estados del Golfo y todos los que apoyan la paz y la cordura en la región, se encuentran en un mismo bote que hace aguas”.
Y todo esto, además, con perspectivas de cambio político. Tanto Siniora, en el Líbano, como Olmert, en Israel, tienen las semanas contadas.

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