martes, 8 de mayo de 2007

La era de Sarko

Francia se dispone a iniciar una nueva etapa política marcada por la personalidad de su nuevo presidente, Nicolas Sarkozy. En las últimas décadas se han sucedido presidentes con fuerte personalidad, de la talla de De Gaulle, Mitterrand y Chirac. Sarkozy es de la misma estirpe, diferencias ideológicas aparte: pretende ejercer todo el poder que le confiere la presidencia de la República, que es mucho.

En 1976, un todavía joven Jacques Chirac dimitía como primer ministro ante el presidente Giscard, porque éste se inmiscuía en su labor y no le dejaba ninguna posibilidad de iniciativa. Sarkozy va a ser un presidente de esta especie. Tiene ambición de llevar a cabo un cambio profundo en Francia y es un hiperactivo que no conoce descanso. Y aunque fue Ségolène Royal la que habló de la necesidad de fundar una VI República, va a ser Sarkozy quien produzca el cambio sin necesidad de una nueva denominación.

Sus dos peones para manejar la República parece que van a ser su amigo François Fillon, que se espera sea designado primer ministro, y Claude Guéant, jefe de campaña y futuro secretario general del Elíseo. Pero nadie en Francia duda que las decisiones las tomará el presidente con su ya tradicional vehemencia.

Las primeras declaraciones de Sarkozy como presidente electo tuvieron un carácter conciliador, pero nadie debe llamarse a engaño. Alguno de sus enemigos insistieron en la campaña en su carácter brutal. Incluso antiguos aliados, como el que fuera ministro delegado para la Igualdad de Oportunidades, Azouz Begag, tienen anécdotas al respecto.

Y aunque parece imposible que pueda suceder en la Francia de las libertades, también se teme que pueda resentirse la libertad de prensa. Sarkozy sabe presionar a los periodistas, conoce a los patrones de los medios importantes y es amigo de casi todos. De hecho, Vincent Bolloré, millonario que controla Havas, el canal de televisión Direct 8 y algún periódico gratuito, le prestó el barco para que descansara tras las elecciones y su avión privado para trasladarse a Malta.

Es indudable que la victoria de Sarkozy fue contundente y que millones de franceses confían en que haga lo que prometió en la campaña. Pero también es cierto que va a encontrar fuertes resistencias. En primer lugar de los sindicatos, que en Francia son fuertes y combativos. El nuevo presidente quiere imponer nuevas normas para servicios mínimos en las huelgas de transporte público e imponer la votación secreta después de los 8 días de huelga. Es una vieja obsesión de Sarkozy, si recordamos las imágenes de cuando era joven de pelo largo, encabezando manifestaciones contra las huelgas de entonces.

Y no hay que olvidarse de las banlieu, los barrios periféricos de las grandes ciudades, que en el otoño del 2005 estallaron y expresaron su cólera de manera violenta. Los habitantes de estas zonas desfavorecidas, pero a un tiro de piedra de la Francia opulenta, todavía recuerdan la actuación de Sarkozy, entonces ministro del Interior. Refiriéndose a los revoltosos, habló de la racaille (escoria, gentuza), pero los habitantes del suburbio, con mayoría de jóvenes de origen magrebí o subsahariano, lo entendieron como un insulto colectivo.

Los socialistas, entretanto, deberán encontrar una salida a la crisis, después de perder por tercera vez consecutiva su carrera a la presidencia. Los llamados elefantes no lograron impedir la candidatura de Ségolène Royal, pero la derrota en las urnas plantea la clásica pregunta: qué hacer. El partido está fuertemente dividido y enfrentado, con Fabius defendiendo un giro a la izquierda y Strauss-Kahn hacia el centro. Ségolène, que mostró en campaña sus debilidades, quiere profundizar la renovación de la izquierda, pero puede ser víctimas de los enemigos que dejó en el camino hacia la candidatura; y puede asumir los enemigos de su marido, François Hollande, patrón del PS.

Lo que está claro es que Francia va a dar que hablar con Sarkozy.

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