Pocos momentos tan emocionantes puedo recordar en el último cuarto de siglo en Argentina como el último mitin de campaña frente al obelisco de Raúl Alfonsín, previo a su victoria en las urnas. También lo fueron otros, como el que Oscar Alende (del Partido Intransigente) hizo en Plaza Once, pero el de Alfonsín encarnó las esperanzas de millones de argentinos frente a los años de la más cruel dictadura que el país había sufrido. Junto a una impresionante oratoria, Alfonsín aportaba una conducta en esos tiempos difíciles que tenía fundamentalmente dos coordenadas. Por una parte, fue uno de los fundadores de la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos. Y además tuvo la lucidez de ser uno de los pocos dirigentes que se opuso a la guerra de las Malvinas, sin sumarse al espíritu patriotero que arrastró a otros.
Su gobierno tuvo luces y sombras. Son muchos los que se sintieron traicionados por ceder a las presiones militares, después de haber tomado la inédita medida de llevar a los tribunales a los principales líderes de la dictadura. Otros no olvidan el fin de su gobierno, en medio de una espantosa hiperinflación y saqueos a supermercados.
Pero no hay que olvidar nunca las circunstancias. Hoy los militares no tienen un papel político en el país, pero en los primeros años de democracia, a partir de 1983, otra era la situación. Su manejo de la economía, quizá pudo ser mejor. Pero la herencia en este caso también fue espantosa. Y sufrió como nadie el acoso de los sindicatos peronistas, que le hicieron más de diez huelgas generales. Huelgas que pretendieron debilitar su gobierno más que conseguir logros sociales.
Tuvo un muy alto reconocimiento internacional. Puso rostro a una nueva Argentina. Y fue honesto: murió en el mismo domicilio, con los mismos bienes que tenía antes de su paso por la Casa Rosada.

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