El próximo 24 de agosto un juez norteamericano deberá decidir si lo libera el 9 de septiembre o lo extradita a Francia, donde fue juzgado y condenado a 10 años de prisión por lavado de dinero. En caso negativo podría volver a Panamá, donde también tiene una condena pendiente (aunque por su edad la purgaría en su casa) o ir a un tercer país.
La vuelta a Panamá es complicada para el gobierno. Muchos temen su archivo, con dossieres comprometedores sobre muchos personajes políticos. Además tiene todavía un importante apoyo entre los sectores más desfavorecidos de la población (40 % de la población está bajo el nivel de la pobreza).
La historia de Noriega, hoy con 72 años, es la de uno de los protagonistas de la convulsa historia centroamericana de los años ´70 y ´80. Había sido jefe del G2, nombre que recibía la inteligencia militar durante el gobierno del general Torrijos. Posteriormente sería el jefe de las Fuerzas de Defensa (ejército) y a la muerte de Torrijos controló además el Partido Revolucionario Democrático.
Desvirtuó la revolución torrijista (“dictadura con cariño”, según una curiosa definición). Hombre sin escrúpulos, fue agente de la CIA, aunque sería mejor decir que fue doble o triple agente: tenía buenos contactos con el régimen cubano y con el Mossad. Estableció sólidas relaciones con los sandinistas y con el cártel de Medellín. De todos se aprovechó, actuando según su conveniencia. Y, sobre todo, de acuerdo al mejor postor.
Franklin D. Roosvelt fue el autor de aquella famosa frase: “sí es un hijo de puta, pero es nuestro hijo de puta”, referido al primero de los Somoza. De Noriega, el presidente Reagan y luego Bush padre podrían haber dicho lo mismo. Lo utilizaron mientras les servió, en los años convulsos de las guerras de Centroamérica. Los archivos demuestran que negoció con Oliver North incluso el asesinato de la cúpula del gobierno sandinista, a cambio de limpiar su imagen ligada al narcotráfico.
Pero llegó un momento en que a EE.UU. le resultó un estorbo. Tras la devolución del canal mediante los acuerdos Torrijos-Carter (1977) y, sobre todo, después de la muerte del carismático general, los norteamericanos pensaron que Panamá debía tener un gobierno civil, naturalmente favorable a sus intereses.
En 1984 Noriega permite unas elecciones que oficialmente ganó Nicolás Arditto (“Fraudito”) Barletta, que debe renunciar ante el clamor popular de fraude. Tras otra serie de episodios político-militares que sería farragoso detallar, las elecciones de 1989 dan la victoria, aparentemente arrolladora, al opositor Guillermo Endara. Pero Noriega anula el proceso, lo que colma la paciencia de Washington.
Además la prensa de EE.UU. empezó a hablar de sus relaciones con el Cártel de Medellín. Ya en 1978 el agente de la DEA, Avelino Fernández, denuncia sus conexiones con el narcotráfico. Después, Pablo Escobar se refugiaría en Panamá tras ordenar el asesinato del ministro colombiano de Justicia, Rodrigo Lara Bonilla, lo que inició el narcoterrorismo. Noriega también permitió que se instalara en la selva del Darién un gran laboratorio para producir cocaína. Esta relación duró hasta que la ambición del panameño se hizo insoportable para los narcos.
Las cuatro razones que el presidente Bush da para ordenar el derrocamiento de Noriega mediante una invasión que bautizó como Causa Justa, fueron: salvaguardar la vida de los ciudadanos estadounidenses en el país (tras algunos confusos incidentes en los que murió un marine norteamericano); defender la democracia y los derechos humanos; combatir el tráfico de drogas; y respaldar el cumplimiento del Tratado Torrijos-Carter, alegando que Noriega amenazaba la neutralidad del Canal.
No se ha podido establecer un balance de víctimas de la invasión norteamericana. Una cifra de muertos en la que coinciden diversas fuentes es la de 3.000, entre ellos el fotógrafo del diario español El País, Juantxu Rodríguez. La invasión provocó enormes daños materiales, incluyendo la destrucción del barrio del Chorrillo. Pero sobre todo, confirmó nuevamente la odiosa imagen imperial de los EE.UU., cuando se estaba produciendo el desmoronamiento de la Unión Soviética. ¿Quiso el gobierno de Washington capturar a Noriega o reafirmar su hegemonía continental? Las dos cosas, pero sobre todo la segunda.
El Panamá de hoy, presidido por Martín Torrijos, hijo del general, es muy distinto del que dejó Noriega. Aunque algunos de sus hombres lograron reinsertarse. El caso más notorio es el del actual ministro de Obras Públicas, Benjamín Colamarco, que fue jefe de los Batallones de la Dignidad, grupo paramilitar norieguista que aterrorizaba a la oposición. No obstante el país ha dejado atrás esa época turbulenta. Vive cierta euforia económica, con un crecimiento estimado en el 2007 del 6,6 %, solo detrás de Argentina y Trinidad y Tobago en la región. Además ha recuperado su puesto como floreciente centro financiero internacional. Y ve como el turismo se convierte en una nueva e importante fuente de ingresos.
Y aunque Daniel Ortega haya vuelto a la presidencia de Nicaragua y Oscar Arias a la de Costa Rica, es evidente que la región es también muy distinta a la de las guerras de décadas pasadas.

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